La frase de la semana

Pensamiento del día:


"Los políticos y los pañales hay que cambiarlos a menudo y es por la misma razón". George Bernard Shaw

Estamos de vuelta

Damas y caballeros colegas.

La semana pasada me reintegré a mis funciones de asesoría después de unas bonitas e intensas vacaciones, así que para retomar el curso lectivo comparto un amplio artículo sobre la historia del Salón de Expresidentes de la Asamblea Legislativa.También en la sección Esta Semana en la Historia, recordamos la celebración del Día de La Victoria sobre Hitler en 1945.


Atte.


El Editor

San Isidro de El General, 20 de mayo de 2019.


lunes, 28 de enero de 2019


75 ANIVERSARIO DE LA LIBERACION DE LENINGRADO: LA HISTORIA DEL SITIO MÁS FEROZ DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL





Este 27 de enero, Rusia conmemora el 75.º aniversario del fin del sitio de Leningrado (la actual ciudad de San Petersburgo), el asedio más feroz y mortífero de la Segunda Guerra Mundial y uno de los más largos en la historia de la humanidad.
Alemania invadió la Unión Soviética rompiendo el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin y dando comienzo a lo que los soviéticos denominaron como “La Gran Guerra Patria”. Uno de los propósitos de Hitler era tomar Leningrado, cuna de la revolución y símbolo de la cultura rusa, además de tener un puerto estratégico y poseer la principal fábrica productora de tanques y vehículos pesados alemanes.

La ofensiva alemana fue detenida por los soviéticos que desplegaron un complejo sistema de defensa alrededor de la ciudad, camuflaron los edificios más reconocibles y colocaron explosivos en el subsuelo para volar Leningrado en caso de ser invadida. Ante la imposibilidad de ocuparla por la fuerza, Hitler ordenó asediar la ciudad, destruirla con bombardeos y dejar morir de hambre y frío a sus habitantes.

El bloqueo duró del 8 de septiembre de 1941 al 27 de enero de 1944 y, según distintas estimaciones, se cobró las vidas de entre 600.000 y 2 millones de habitantes. Más del 90 % de ellos murieron de hambre. ¿Cómo luchó y cómo sobrevivió la ciudad a aquellos 872 días oscuros? Las tropas nazis entraron en el territorio de la región de Leningrado en julio de 1941. A finales de agosto ocuparon la ciudad de Tosno, situada a 50 kilómetros de Leningrado.
Pese a los esfuerzos del Ejército Rojo, los alemanes seguían estrechando el cerco alrededor de la ciudad, y el 2 de septiembre cortaron la última vía de ferrocarril que unía Leningrado con el resto del país. Menos de una semana después, la urbe quedó totalmente cercada, de modo que las dos únicas vías de comunicación con el exterior eran el aire y el lago Ládoga. En aquel momento, quedaban en Leningrado más de 2,5 millones de habitantes, 400.000 de los cuales eran niños.

El 12 de septiembre, se hizo un recuento de todas las reservas de productos alimenticios: eran suficientes solo para un mes y medio. En noviembre comenzó el hambre verdadera. Debido a la escasez de alimentos, en la ciudad se introdujo un sistema de racionamiento. Desde finales de noviembre, los trabajadores solo recibían 250 gramos de pan al día, y los niños, 125 gramos.Se hicieron frecuentes los casos de desmayos por hambre, la gente moría de agotamiento.  Desaparecieron todos los animales de la ciudad e incluso hubo casos de antropofagia.
La única vía de evacuación y abastecimiento para la ciudad sitiada era el llamado "Camino de la Vida" a través del lago Ládoga. En unos meses consiguieron evacuar cerca de 660.000 personas, en su mayoría niños debilitados por la falta de comida.

Sin embargo, aquel invierno resultó muy duro, frío y largo. Desde el otoño, prácticamente no hubo electricidad ni calefacción y dejó de circular el transporte. Los ciudadanos gastaban sus últimas fuerzas para cruzar las calles cubiertas de enormes capas de nieve. Además de la falta de alimentos, las condiciones sanitarias también se deterioraron enormemente. Los ataques aéreos alemanes destruyeron las infraestructuras civiles, los sistemas de agua y el alcantarillado, por lo que la gente se veía obligada a verter los residuos por las ventanas.

En la primavera de 1942, los científicos publicaron unos folletos con una lista de plantas forrajeras y recetas para cocinarlasy en los hogares de Leningrado se empezaron a servir croquetas de trébol, ensaladas de dientes de león y sopas de ortiga. La situación mejoró un poco durante la segunda mitad del año, cuando los suministros de pan se hicieron relativamente regulares.
Las tropas soviéticas realizaron cuatro intentos fallidos de romper el sitio de Leningrado. Solo en enero de 1943, cuando las principales fuerzas alemanas estaban concentradas en Stalingrado, lo lograron gracias a la Operación Chispa.

El 18 de enero de 1943, el Ejército Rojo logró abrir un corredor de 10 kilómetros de ancho, lo que permitió restablecer el abastecimiento de la ciudad. En la operación murieron unos 34.000 soldados soviéticos y 23.000 alemanes. No obstante, todavía habría que esperar más de un año para que Leningrado pudiera ser totalmente liberada.
El sitio quedó levantado por completo el 27 de enero de 1944, cuando tras dos semanas de feroces combates, las tropas soviéticas rompieron el cerco nazi y lograron que los alemanes se alejaran entre 60 y 100 kilómetros de la ciudad.


El sitio causó pérdidas catastróficas. Si antes de la guerra fallecían en la ciudad menos de 3.500 personas al mes, en 25 días de diciembre de 1941, la cifra de muertos fue de 39.073, y en los meses posteriores, unas 3.000 personas morían cada 24 horas. En los 872 días que duró el asedió, el número total de fallecidos, según algunas estimaciones, alcanzó los dos millones de personas.
Dentro de los miles de historias del sitio se encuentra la Sinfonía de Leningrado. Fue compuesta por Dimitri Shostakóvich, es su séptima sinfonía, y está dedicada a la ciudad que en el momento de la composición vivía el asedio.
Se interpretó el 9 de agosto de 1942 en la ciudad sitiada. Fue dirigida por Karl Eliasberg, director de la orquesta de radio de Leningrado e interpretada por unos músicos sacados del frente y de las bandas militares, ya que sólo veinte de los cien componentes de la orquesta habían sobrevivido. Se colocaron altavoces por las calles y se transmitió por radio. La sinfonía se convirtió en el símbolo de la resistencia soviética.
https://www.clarin.com/mundo/75-aniversario-liberacion-leningrado-historia-sitio-feroz-ii-guerra-mundial_0_inhJw-l80.html
RT y agencias.

lunes, 21 de enero de 2019

45 años de la masacre de Ezeiza




Fue el pedido desesperado del cineasta Leonardo Favio desde el palco a la multitud, en medio de la balacera. Fue el preámbulo de la renuncia de Cámpora."Perón la tenía en mente desde el principio, porque siempre quiso ser presidente", afirma el ex ministro del Interior Esteban Righi.



20 de junio de 1973. Era un día de regocijo. La gente caminaba por la autopista Riccheri. Llegaban grupos del conurbano, del interior del país. Había banderas de gremios, de JP, de FAR y Montoneros, de municipios. Un helicóptero de la organización se acercaba al palco, armado sobre un puente de la autopista, para supervisar los desplazamientos de la multitud. El palco era custodiado por la Juventud Sindical y SMATA, identificados con brazaletes. Al mediodía se calculaba que había casi medio millón de personasEl cineasta Leonardo Favio desde el micrófono arengaba sobre el peronismo y la vuelta de Perón. Convocaba a cantar con paz y armonía.
La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires tocaba la marcha peronista. El General estaba en vuelo, junto al presidente Cámpora. Faltaba poco más de una hora para que la nave aterrizara. Perón les hablaría a millones de peronistas, desde una cabina blindada, en su segundo y definitivo retorno.  La Columna Sur de Montoneros bordeaba la parte de atrás del palco, con la intención de colocarse en el frente. En un momento, Favio le pidió a la gente que estaba arriba de los árboles que se bajara, que era peligroso. Poco después, a las 14.35, se escuchó una descarga de ametralladoras contra la Columna Sur. Querían frenar su avance. Desde el palco también comenzaron a disparar, y también desde el Hogar Escuela, ubicado a 300 metros. Allí se produjo el desbande: hubo fuego cruzado, corridas, autos que se desplazaban por el pasto en velocidad.
Favio estaba cuerpo a tierra, pero no soltaba el micrófono. Pedía paz. A las 15.20 los tiros cesaron. Se veía un automóvil en llamas. Las ambulancias del Ministerio de Bienestar Social llevaban heridos y levantaban militantes dispersos y los trasladaban al Hotel Internacional del Aeropuerto.
Sus habitaciones se habían transformado en un improvisado centro de interrogatorios y torturas. En el palco se escucharon disparos aislados. Los músicos se habían bajado. A las 16.15, Favio volvió a pedir que se bajaran de los árboles, que se bajaran de inmediato, porque entre las ramas había francotiradores. 20 minutos después, algunos custodios se internaron en la zona arbolada del bosque, a 100 metros del palco, a desalojarlo. Comenzó otro tiroteo.


A las 16.55 Favio dio una orden desesperada por los altavoces: "Les ruego a los peronistas que no hagan uso de las armas". Después se informó que Perón había aterrizado en la base aérea de Morón. El acto en Ezeiza se suspendía. No habría fiesta. El cuerpo orgánico del peronismo estallaba en pedazos. Quedaban 13 muertos y una cantidad indeterminada de heridos.
Ezeiza era la primera expresión de violencia interna.
Ezeiza había dejado tres datos políticos:
* A partir de ese día, en el peronismo, se estaba de un lado o del otro y no había lugar para los matices.
* Cámpora no pudo presentarse como el hombre que había traído a Perón al país, con su victoria.
*Montoneros no pudo exhibir su poder de movilización frente a su Líder, para lograr su bendición. Nunca sucedería. Al contrario: al día siguiente, el 21 de junio, Perón marcó los límites por cadena nacional: "…los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento o tomar el poder que el pueblo ha reconquistado se equivocan… Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales, que por ese camino van mal".
Los acontecimientos del 20 de junio de 1973 en Ezeiza pueden interpretarse como una consecuencia irreversible de la propia victoria de Cámpora. Como la consumación, o el estallido, de un enfrentamiento interno del peronismo, gestado en los meses previos. Perón no podía ser candidato a Presidente. Había rechazado la cláusula electoral impuesta por el general Lanusse, que lo obligaba a residir en el país antes del 25 de agosto de 1972. No lo hizo. Perón necesitaba una distancia en su enfrentamiento con las Fuerzas Armadas. Entendía que el mando estratégico no debía estar jamás en el campo táctico de las operaciones. Era un conductor. Tenía a la guerrilla que actuaba en su nombre para desgastar a Lanusse. Perón quizá no hubiese resistido participar de la campaña y el acto electoral con las Fuerzas Armadas en el poder. Necesitaba una instancia intermedia. Ese fue el rol de Héctor Cámpora.
El 17 de noviembre de 1972 Perón regresó al país y nominó a su Delegado como candidato presidencial. El congreso justicialista lo avaló por disciplina, pero no sin sobresaltos.


El peronismo era entonces un magma abierto proclive a la incorporación vertiginosa de distintos sectores -de la izquierda tradicional, de la disidente, del nacionalismo, del cristianismo- pero la disputa interna estaba signada por el aparato gremial y político –los ortodoxos- y la "nueva estrella del Movimiento", representada por la Tendencia Revolucionaria, cauce en el que abrevaba la Juventud Peronista y Montoneros, que habían contado con el aliento de Perón, desde el secuestro y crimen de Aramburu. El conflicto entre las últimas líneas mayoritarias del peronismo permaneció latente. La candidatura presidencial no resultaba ajena en la disputa. Antonio Cafiero era el dirigente preferido por los gremios. Cámpora, por la Tendencia.
Perón eligió a por este último. Su opción provocó la reacción gremial. "Ahora se pudre todo…", presagió el jefe de la CGT José Ignacio Rucci, a modo de preaviso. Sin embargo, hasta entonces, la lucha interna del peronismo se manifestaba con acusaciones verbales o atentados aislados. Pocos imaginaban que ya se estaba incubando el germen de la violencia que abriría paso a la etapa más desgarradora de su historia. Los acontecimientos de Ezeiza sería la primera revelación de esa disputa.
La figura de Cámpora representaba una garantía de lealtad para Perón. Y aunque nunca había avalado en forma expresa la lucha armada, también lo era para la izquierda peronista y Montoneros. Cámpora les hablaba a ellos cuando en sus discursos de campaña mencionaba a "los mártires que cayeron en la lucha por el retorno de Perón", en referencia a los presos fusilados en la base de Trelew en 1972. Con los gremios a disgusto de su candidato –organizaban actos y movilizaciones propias- Cámpora obtuvo el 49,59% de los votos.
Desde ese día, 11 de marzo de 1973, Perón empezó a mostrarse molesto y distante con Cámpora, y también con la Tendencia Revolucionaria. Temía que el caudal de movilizaciones de la Tendencia se representara en el futuro gobierno. Por eso tomó con desprecio la larga lista de ministros y funcionarios que solicitó la conducción montonera, y que el presidente electo le trasladó a Puerta de Hierro. Perón ya no los quería, o los quería disciplinados, subordinados a su jefatura. En abril de 1973, en sus "Instrucciones", desde Madrid, Perón dio el primer "grito de alarma" por la "infiltración" de "elementos disolventes empeñados en entorpecer o hacer naufragar el propósito justicialista de unidad nacional".
Ese mismo mes, despidió a su delegado juvenil Rodolfo Galimberti, que había llamado a las "milicias populares peronistas". No bastó la aclaración de Galimberti, que el llamado a las milicias era para "el control de precios". Tampoco esperaba Perón que en la transición de la entrega del poder, de Lanusse a Cámpora, la guerrilla multiplicara sus acciones: continuaron la toma de pueblos, los robos a bancos, los secuestros a empresarios. No eran acciones exclusivas del ERP u otras organizaciones guerrilleras no peronistas. El 4 de abril, Montoneros mató a un jefe de inteligencia del III Cuerpo de Ejército en Córdoba, el coronel Héctor Iribarren. Perón suponía que con el peronismo en el poder la guerrilla desaparecería. Lo entendía como una ley natural: "…desaparecidas las causas, deben desaparecer sus efectos", decía. (Clarín 15/3/73).

Cámpora era más cauto. Sólo esperaba una tregua.
Entonces, para José López Rega, que convivía con el matrimonio Perón en Puerta de Hierro desde 1966, la preocupación era menos la guerrilla que Cámpora. O el "camporismo". Se lo transmitió al secretario del Movimiento, Juan Manuel Abal Medina en un restaurante de Madrid:
"Es una vergüenza que todo el poder quede concentrado en su familia –le dijo-. Llega al gobierno por nosotros y deja afuera a todos los que luchamos por el retorno de Perón. No vamos a permitir que él actué por su cuenta". Parecía una petición conjunta con Isabel, que se plegó a sus prevenciones en silencio. López e Isabel no querían quedar afuera de nuevo poder que se gestaba en torno al presidente Cámpora.
¿Esta era también era la opinión de Perón?
O mejor dicho: ¿qué quería Perón de Cámpora, después de la victoria? ¿Cuál era su plan, mientras preparaba el retorno al país?
"Si tengo que estar a lo que le dijo a Cámpora, Perón no quería ser presidente. Pero dicho 'a lo Perón', que era un gran ambiguo. A cada uno le decía una cosa distinta. No estaba claro si Cámpora pensaba ser presidente por cuatro años, pero su renuncia no estaba pactada. Creo que la renuncia de Cámpora, en cambio, Perón la tenía en mente desde el principio, porque siempre quiso ser presidente. O bien la adquirió por influencia de su núcleo más íntimo, o por cómo se fueron dando los hechos. Perón tenía, a mi juicio, la imagen vieja de la Argentina. 20 años provocan una distorsión enorme de cómo está el país. Él creía que volvía y todo se tranquilizaba. Lo que le reclamábamos era que fuera claro. Que dijera 'Acepto ser presidente'", afirmó el ex ministro del Interior de Cámpora, Esteban Righi, en una entrevista con el autor de este artículo para el libro Primavera Sangrienta.
López Rega obtuvo un lugar en el gabinete. Perón lo colocó en el Ministerio de Bienestar Social, pese a que Cámpora había propuesto a Isabel.

El 25 de mayo de 1973, Cámpora asumió su gobierno, y los presos políticos salieron sin indulto ni amnistía, producto de la presión popular frente a la cárcel de Villa Devoto.
Si bien la liberación de los presos no había sido prolija –Perón se imputó el percance a Cámpora por "no haberlo podido manejar"-, más le preocupó el descontrol inicial de su gestión.
En los primeros días se ocuparon 180 dependencias estatales -66 en Capital Federal, 114 en el interior-, tanto por sectores de la Tendencia como por la ortodoxia peronista. Las tomas –en muchos casos por críticas a la continuidad de funcionarios de la dictadura, otras por reivindicaciones salariales-, expresaban las dificultades de Cámpora para gestionar la disputa interna.


El protocolo y la conspiración
Desde Madrid, Perón entreveía un progresivo caos social e institucional. Se disgustó. Y ese disgusto se advirtió cuando Cámpora se decidió a viajar a Madrid para acompañar el regreso de Perón para el 20 de junio. Para entonces ya estaba en marcha la conspiración interna contra su gobierno, gestada por López Rega con grupos ortodoxos afines, y los gremios, que también sacaban boletos para su caída.
Perón no participó de la cena de gala que le ofreció el General Franco a Cámpora. Despreció cualquier protocolo. En una oportunidad recibió a Cámpora en Puerta de Hierro en pijama, por un supuesto desajuste de agenda.


Cámpora aspiraba a compartir un regreso triunfal de Perón al país, y si era posible con un acto en el balcón de la Casa Rosada, frente a miles de peronistas.
Perón, en cambio, tomaba distancia institucional del presidente argentino.
La maniobra comenzó a ejecutarse cuando tomaron el control del acto de retorno, con la conformación de la "Comisión Organizadora".
López Rega puso al servicio las estructuras del Ministerio. Y a ella se sumaron grupos que habían sido desplazados de la campaña –los gremios y las agrupaciones ortodoxas-, que querían romper la alianza implícita de Cámpora con la Tendencia.
El secretario de Deportes y Turismo del Ministerio de Bienestar Social, coronel de inteligencia (re) Jorge Osinde, coordinó a los grupos de seguridad que controlaron el acto. El Hotel Internacional del Aeropuerto de Ezeiza fue utilizado como centro de operaciones. Allí, cuando la balacera se desató, trasladarían detenidos, los interrogarían y torturarían. Las ambulancias del Ministerio transportaron armas. Los estuches de los instrumentos de la Orquesta Filarmónica que actuó en el palco, ocultaron ametralladoras.
La Policía Federal no participó de la seguridad. La Comisión Organizadora argumentó que el peronismo "no podía ser custodiado por quienes lo persiguieron hasta hace dos meses". No hubo seguridad de Estado.
En un momento, después de los tiroteos, Favio llegó hasta el Hotel Internacional. Entró a la habitación 108 y se encontró con un grupo de torturados. Pidió un médico para ellos. Les propuso un pacto a los torturadores: si dejaban de golpear a los detenidos, él se olvidaría para siempre de sus caras. Y se llevó el nombre de los ocho torturados.
Al día siguiente, Perón, por cadena nacional, dejó definitivamente claro que abandonaba sus discursos de "socialismo nacional" de los tiempos de Lanusse: "No hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina y a nuestra ideología. Somos lo que las veinte verdades peronistas dicen. No es gritando 'la vida por Perón' que se hace patria sino manteniendo el credo por cual luchamos Los viejos peronistas lo sabemos. Tampoco lo ignoran nuestros muchachos que levantan banderas revolucionarias".
Ya no era el Perón de las cintas magnetofónicas, de las cartas. Era el Perón real que se presentaba por primera vez en el país.
La CGT, en sintonía con el discurso de Perón, aseguró en un comunicado que defendería "a cualquier precio y en cualquier terreno la doctrina peronista".
El martes 26 de junio, Clarín publicó una solicitada de FAR y Montoneros. Era un texto de una página. Allí levantaron sus acusaciones:
"…un puñado de asesinos con brazaletes del Ministerio de Bienestar Social, Concentración Nacional Universitaria (CNU) y Comando de Organización, desde el palco y desde los bosques, con armas largas, masacró al pueblo con el sucio objetivo de impedir el ferviente deseo del General Perón y de 4 millones de compañeros de reencontrarse definitivamente".
El 21 de junio, en la reunión de gabinete en la Casa Rosada se intentó determinar las causas y los culpables de los hechos. El secretario del Movimiento, Abal Medina, pidió a Cámpora que responsabilizara a López Rega y a Osinde de la masacre. Ambos funcionarios estaban presentes en la sala de situación. Cámpora se preocupó por las posibles consecuencias:
-¿Cómo vamos a hacer eso con el General? Nos va a echar a todos –dijo.
"Después de Ezeiza, hubo dos reuniones de gabinete. –refiere Esteban Righi-. En esas dos reuniones a Osinde le va horrible. Y Cámpora va a Gaspar Campos a contarle a Perón. Y cuando Cámpora regresa y no trae la renuncia de Osinde…. No sé qué podía hacer o qué dijo, pero no podía ser que no viniera con la renuncia de Osinde después de semejante "performance" en Ezeiza. Y ahí yo pensé: esto está todo claro. El problema ahora es cómo nos vamos. Si por la ventana o por la puerta. Ezeiza fue el disparador", indica. Cinco días después de los acontecimientos de Ezeiza, el lunes 25 de junio, Perón visitó el Ministerio de Bienestar Social. Acompañado por López Rega recorrió los pasillos, las oficinas, saludó empleados, le mostraron planes de viviendas, cuestiones previsionales. Así fue recorriendo, piso por piso.
Fue un aval explicito a López Rega.
Perón nunca visitaría a Cámpora en la Casa Rosada.
Incluso una reunión de gabinete se realizó en el domicilio de Perón, en Vicente López. Fue el miércoles 4 de julio.
Ese día se selló la suerte de Cámpora. 
https://www.infobae.com/historia/2018/06/20/a-45-anos-de-la-masacre-de-ezeiza-les-ruego-a-los-peronistas-que-no-hagan-uso-de-las-armas/

miércoles, 9 de enero de 2019


Centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo



Cuando se cumplen 100 años de tan bárbaro y cobarde crimen, queremos recordar también a su inseparable compañero de lucha y cofundador del Partido Comunista alemán, Karl Liebknecht, un heroico intelectual y militante salvajemente asesinado en el mismo operativo en que los paramilitares de la socialdemocracia alemana dieran muerte a la revolucionaria polaca. Hay un dato adicional que, como latinoamericanos, nos emparenta lúgubremente con Rosa: su cadáver desapareció durante el nazismo, deseoso de eliminar todo vestigio de sus ideas y de sus prácticas políticas. Lo que hicieron las dictaduras de la región ya lo había hecho Hitler en Alemania. Y con Rosa ocurrió lo mismo que sucediera con el cadáver del Che, pero con peor suerte: si el del revolucionario argentino-cubano pudo finalmente ser recuperado y trasladado a su mausoleo en Santa Clara, no ocurrió lo mismo con el de Rosa que nunca pudo ser re-encontrado. Su tumba está vacía, no alberga ningún resto. La prensa alemana informó hace doce años que en 2007, en la colección anatómica del Hospital Universitario Charité de Berlín, se había descubierto un misterioso cadáver, decapitado y con sus manos y pies amputados que supuestamente sería el de la desaparecida. No obstante, todos los estudios realizados hasta la fecha impiden afirmar, fehacientemente, que el mismo fuera el de Rosa Luxemburg. De todas maneras Rosa logró derrotar a sus verdugos y sus cómplices: sus ideas son inmortales y sus luchas siguen siendo nuestras luchas. De ahí este pequeño homenaje a su memoria.




La noche del 15 de enero de 1919 en Berlín, fue detenida Rosa Luxemburgo: una mujer indefensa con cabellos grises, demacrada y exhausta. Una mujer mayor, que aparentaba mucho más de los 48 años que tenía.

Uno de los soldados que la rodeaban, le obligó a seguir a empujones, y la multitud burlona y llena de odio que se agolpaba en el vestíbulo del Hotel Eden le saludó con insultos. Ella alzó su frente ante la multitud y miró a los soldados y a los huéspedes del hotel que se mofaban de ella con sus ojos negros y orgullosos. Y aquellos hombres en sus uniformes desiguales, soldados de la nueva unidad de las tropas de asalto, se sintieron ofendidos por la mirada desdeñosa y casi compasiva de Rosa Luxemburgo, “la rosa roja”, “la judía”.
Le insultaron: “Rosita, ahí viene la vieja puta”. Ellos odiaban todo lo que esta mujer había representado en Alemania durante dos décadas: la firme creencia en la idea del socialismo, el feminismo, el antimilitarismo y la oposición a la guerra, que ellos habían perdido en noviembre de 1918. En los días previos los soldados habían aplastado el levantamiento de trabajadores en Berlín. Ahora ellos eran los amos. Y Rosa les había desafiado en su último artículo:


    “‎’El Orden reina en Berlín!’ Estúpidos secuaces! Vuestro ‘Orden’ está construido en arena. Mañana la revolución se “alzará ella misma con un estruendo” y anunciará con una fanfarria, para vuestro terror: ¡YO FUI, YO SOY, YO SERÉ!”
La empujaron y golpearon. Rosa se levantó. Para entonces casi habían alcanzado la puerta trasera del hotel. Fuera esperaba un coche lleno de soldados, quienes, según le habían comunicado, la conducirían a la prisión. Pero uno de los soldados se fue hacia ella levantando su arma y le golpeó en la cabeza con la culata. Ella cayó al suelo. El soldado le propinó un segundo golpe en la sien. El hombre se llamaba Runge. El rostro de Rosa Luxemburgo chorreaba sangre. Runge obedecía órdenes cuando golpeó a Rosa Luxemburgo. Poco antes él había derribado a Karl Liebknecht con la culata de su fusil. También a él le habían arrastrado por el vestíbulo del Hotel Eden.
Los soldados levantaron el cuerpo de Rosa. La sangre brotaba de su boca y nariz. La llevaron al vehículo. Sentaron a Rosa entre los dos soldados en el asiento de atrás. Hacía poco que el coche había arrancado cuando le dispararon un tiro a quemarropa. Se pudo escuchar en el hotel.
La noche del 15 de enero de 1919 los hombres del cuerpo de asalto asesinaron a Rosa Luxemburgo. Arrojaron su cadáver desde un puente al canal. Al día siguiente todo Berlín sabía ya que la mujer que en los últimos veinte años había desafiado a todos los poderosos y que había cautivado a los asistentes de innumerables asambleas, estaba muerta. Mientras se buscaba su cadáver, un Bertold Brecht de 21 años escribía:

    “La Rosa roja ahora también ha desaparecido.
    Dónde se encuentra es desconocido.
    Porque ella a los pobres la verdad ha dicho.
    Los ricos del mundo la han extinguido.”
Pocos meses después, el 31 de mayo, se encontró el cuerpo de una mujer junto a una esclusa del canal. Se podía reconocer los guantes de Rosa Luxemburgo, parte de su vestido, un pendiente de oro. Pero la cara era irreconocible, ya que el cuerpo hacía tiempo que estaba podrido. Fue identificada y se le enterró el 13 de junio.
En el año 1962, 43 años después de su muerte, el Gobierno Federal alemán declaró que su asesinato había sido una “ejecución acorde con la ley marcial”.Hace sólo doce años que una investigación oficial concluyó que las tropas de asalto, que habían recibido órdenes y dinero de los gobernantes socialdemócratas, fueron los autores materiales de su muerte y la de Karl Liebknecht. Rosa Luxemburgo fue asesinada por las tropas de asalto al servicio de la socialdemocracia. Junto a ella murió su camarada Karl Liebknecht. Había nacido el 5 de marzo de 1871. Mucha gente sigue la tradición de la Alemania oriental de asistir a la manifestación para recordarla, su respeto lo demuestran depositando claveles rojos en el monumento dedicado a la «Rosa Roja» y a los socialistas y comunistas que trabajaron por un mundo mejor.”Qué extraordinario es el tiempo que vivimos”, escribía Rosa Luxemburgo en 1906. “Extraordinario tiempo que propone problemas enormes y espolea el pensamiento, que suscita la crítica, la ironía y la profundidad, que estimula las pasiones y, ante todo, un tiempo fructífero, preñado”. Rosa Luxemburgo vivió y murió en un tiempo de transición, como el nuestro, en el que un mundo viejo se hundía y otro surgía de los escombros de la guerra.
Sus compañeros intentaron construir el socialismo, sus asesinos y enemigos ayudaron a Adolf Hitler a subir al poder. Hoy, cuando el capitalismo demuestra una vez más que la guerra no es un accidente, sino una parte irrenunciable de su estrategia. Cuando los partidos y organizaciones “tradicionales” se ven en la obligación de cuestionar sus formas de actuar ante el abandono de las masas. Cuando la izquierda transformadora aboga exclusivamente por el parlamentarismo como vía para el cambio social. Cuando nos encontramos ante una enorme crisis del modelo de democracia representativa y los argumentos políticos se reducen al “voto útil”. Hoy, decimos, Rosa Luxemburgo se convierte en referente indispensable en los grandes debates de la izquierda. No es sino su voz la que se escucha bajo el lema, aparentemente novedoso: “Otro mundo es posible”. Ella lo formuló con un poco más de urgencia: “Socialismo o barbarie”. Su pensamiento, su compromiso y su desbordante humanidad nos sirven de referencia en nuestra lucha para que este nuevo siglo no sea también el de la barbarie.”



David Arrabali
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=61574