La frase de la semana

Pensamiento del día:


"Los políticos y los pañales hay que cambiarlos a menudo y es por la misma razón". George Bernard Shaw

Estamos de vuelta

Damas y caballeros colegas.

Les comunico mi retorno al trabajo asesor en la Regional desde el lunes 7 de enero y con ello, mi deseo que 2019 sea como un verdadero borrón y cuenta nueva para el país, por lo que en esta ocasión comparto un recordatorio sobre el Centenario del asesinato de la gran líder espartaquista Rosa Luxemburgo y su compañero de luchas Karl Liebknecht en Berlín. Rosa fue una pionera de la lucha por muchos derechos humanos además pagó muy caro el ser mujer, polaca y judía en una sociedad alemana antisemita desde siglos atrás. En nuestra sección Esta Semana en la Historia, se la dedicamos al curioso cambio de nombre que tuvo la capital dominicana de Santo Domingo a Ciudad Trujillo en 1936. Mis mejores deseos para el fin de semana.
Atte.


El Editor

San Isidro de El General, 11 de enero de 2019.


miércoles, 19 de diciembre de 2018



LA TREGUA DE LA PRIMERA NAVIDAD DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL



Fueron tan solo algunas horas, pero en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, un grupo de soldados decidiría espontáneamente dejar la guerra de lado para confraternizar con el ser humano que se encontraba debajo del uniforme enemigo.



Era diciembre de 1914 y apenas transcurridos los primeros meses desde el inicio de la Primera Guerra Mundial, alemanes y aliados batallaban en los frentes de Bélgica y Francia. Desde sus trincheras anegadas, los soldados del imperio alemán y las tropas británicas intercambiaban disparos sobre una franja de tierra de nadie en la que camaradas heridos y muertos yacían esparcidos. 

Pero al llegar la Nochebuena, en varios puntos del Frente Occidental los alemanes colocaron árboles iluminados en los parapetos de las trincheras y los aliados se les unieron en un alto el fuego espontáneo: fue la conocida como Tregua Navidad de la Primera Guerra Mundial.

La tregua «surgió entre la tropa» pese a los edictos «anticonfraternización», dice el historiador Stanley Weintraub, en cuyo libro Silent Night cuenta la historia. Tras vocear promesas como «Tú no disparar, nosotros no disparar», algunos de los hasta entonces enemigos se deleitaron mutuamente cantando villancicos que sustituirían al silbido de las balas. Otros salieron de las trincheras para estrecharse la mano y fumarse un cigarrillo juntos. 
Muchos acordaron que la tregua seguiría en vigor el día de Navidad, para poder verse de nuevo y enterrar a los muertosCada bando ayudó al contrario a cavar tumbas y celebrar ceremonias en memoria de los caídos, incluso en una de ellas un capellán escocés hizo una lectura bilingüe de un salmo. Los soldados intercambiaron comida y regalos que les habían enviado desde sus casas, y botones del uniforme para guardarlos de recuerdo, y jugaron a fútbol.«Nadie quería seguir con la guerra», asegura Weintraub. Pero los superiores sí, y amenazaron con castigar a quien desobedeciese. Con el año nuevo ambos bandos «reanudaron su actividad», dice el historiador. Pero en sus cartas y diarios los soldados reflejaron el grato recuerdo de la tregua: «Qué maravilloso –escribió un combatiente alemán–, y qué extraño al mismo tiempo».




https://www.nationalgeographic.com.es/historia/la-tregua-de-navidad_8801/1

lunes, 10 de diciembre de 2018


Dos tumbas vecinas




El pasado 11 de noviembre se recordó el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial; el armisticio que detenía los combates entró en vigor exactamente a las 1100 del 11 del 11 de 1918.



Así se daba por terminada una carnicería como el mundo jamás había visto hasta entonces. Literalmente millones de hombres jóvenes habían sido destrozados por los más avanzados mecanismos técnicos del momento, desde artillería pesada a gases tóxicos, desde ametralladoras (máquinas de disparar) a aviones, desde rifles de alta potencia a carros de combate. Muchos había perecido en horrendas explosiones entre el barro y el agua, en trincheras insalubres infestadas de ratas o a manos de enemigos tan desesperados y agonizantes como ellos mismos armados a veces con palas afiladas, bayonetas o trabucos de fabricación casera.



Aquella mañana por fin el frente quedó en silencio. Pero antes (y en algún caso después) de la entrada en vigor del cese el fuego aún hubo más muertos. En algunos puntos del frente los generales, sabiendo que la guerra se terminaba, lanzaron ataques para hacerse con unos últimos palmos de tierra; ataques que causaron miles de bajas aquel último día. 



En otros casos hubo errores con la hora, e incluso desesperados suicidios; un soldado estadounidense que había sido degradado desde sargento quiso recuperar su grado con una carga solitaria a la desesperada, y hasta sus mismos enemigos quisieron disuadirle pero tuvieron que matarlo cuando se aprestó a tirar una granada que ya era fútil. Pero quizá el caso más trágico, la más desgarradora ironía, fue la del soldado británico George Edwin Ellison, de Leeds, muerto apenas 90 minutos antes de las 11: 00 AM. Fue la última baja de su país en aquella guerra.

Ellison llevaba en Francia desde las primeras batallas del ejército británico en 1914, y había sobrevivido a las sucesivas carnicerías que destrozaron aquella fuerza expedicionaria varias veces. Miembro del 5º Regimiento de Lanceros Irlandeses, aquel soldado inglés llevaba cuatro brutales años de guerra de trincheras; estuvo en Ypres, Armentières, Loos, Lens y Cambrai, salvajes masacres en las que la estupidez de los oficiales británicos y la mecanizada precisión de las ametralladoras alemanas segaron centenares de miles de vidas, a menudo en minutos. Pero Ellison sobrevivió a todo aquello; a los proyectiles de artillería, a los gases, a las granadas y a las ametralladoras. 

Todo para caer muerto durante un último y absurdo ataque en las afueras del pueblo belga de Mons lanzado cuando el alto el fuego ya estaba firmado, pero no había entrado legalmente en vigor. La razón: Mons era el lugar donde los ingleses tuvieron su primera derrota en la guerra durante 1914, y los generales británicos decidieron recuperarlo antes del final de los combates. Ellison había luchado en aquella batalla perdida de 1914, y murió en un ataque final que no tenía sentido. Lo enterraron, con honores, en el cementerio militar de St Symphorien, a las afueras de Mons.



Quizá por casualidad, o tal vez no, su tumba está junto a la de otro soldado cuya muerte en esa ciudad tuvo carácter simbólico: John Parr, el primer soldado británico muerto en la Primera Guerra Mundial. Ambos, la primera y la última baja, yacen juntos. Parr tenía 16 años al morir; Ellison 40. Sus muertes abrieron y cerraron, respectivamente, aquel brutal paréntesis para la Gran Bretaña. Desgraciadamente una generación después, en apenas 21 años,  se repetiría una nueva y peor masacre.