La frase de la semana

Pensamiento del día:


"Los políticos y los pañales hay que cambiarlos a menudo y es por la misma razón". George Bernard Shaw

Estamos de vuelta

Damas y caballeros colegas.

Espero que la semana de trabajo docente sea muy exitosa, por lo que en esta ocasión comparto un recordatorio sobre el 79 aniversario de la Segunda Guerra Mundial. En nuestra sección Esta Semana en la Historia, se la mantenemos al 78 aniversario del asesinato de León Trostky en México a manos de un detestable agente secreto español, con instrucciones directamente del mismo Stalin, sin otro objetivo más que asesinar despiadamente a un intelectual de tan alto calibre. Mis mejores deseos para la semana que recién comienza!
Atte.


El Editor

San Isidro de El General, 3 de septiembre de 2018.


martes, 5 de junio de 2018


A 50 años del atentado en Los Angeles
Robert "Bobby" Kennedy, el hombre que pudo haber cambiado la historia
Minutos después de iniciado el 5 de junio de 1968,  fue baleado en la cocina del Hotel Ambassador de Los Angeles. Murió casi un día después. Tenía 42 años.

Sabía que iban a matarlo. Y supo que lo habían matado no bien la bala del revólver calibre 22 disparada a menos de tres centímetros de su cabeza por Sirhan Bishara Sirhan, si es que él la disparó, entró por detrás de la oreja izquierda y dispersó fragmentos de su cerebro. Minutos después de iniciado el 5 de junio de 1968, hace cincuenta años, Robert Francis “Bobby” Kennedy cayó al piso de cemento de la cocina del Hotel Ambassador de Los Ángeles con un grito en la boca: “¡Jack, Jack!”, el nombre de infancia de su hermano, el presidente John Kennedy, asesinado en Dallas cuatro años y medio antes, el 22 de noviembre de 1963.
Sirhan, un jordano de 24 años de ascendencia palestina, fue apresado de inmediato.
El primero en socorrer a Bobby fue un chico de 17 años de origen mexicano, Juan Romero, que fue la última persona a la que Kennedy estrechó la mano antes del balazo fatal. Romero atinó a contestarle que todo iba a salir bien cuando Bobby le preguntó entre estertores, “¿Todos están bien?”.
Enseguida, William Barry, un agente retirado del FBI que era su única custodia junto a dos ex jugadores de fútbol americano, le colocó su saco bajo la cabeza. Los fotógrafos, que habían seguido el acto de campaña con el que Kennedy había celebrado en la noche del 4 de junio su triunfo en las elecciones primarias de Los Ángeles y de Dakota del Sur, lo que lo convertía en un casi seguro candidato a la presidencia para las elecciones de noviembre de ese año, entraron en tropel y tomaron las primeras imágenes del atentado.
La foto de Bobby agonizante y el chico Romero que clama desesperado en un grito silencioso, pasó a la historia en las cámaras de Boris Yaro, de Los Angeles Times, y de Bill Eppridge, de la revista Life.
También llegó, desesperada, Ethel Kennedy, su mujer, la madre de sus diez hijos y que esperaba uno más, Rory, que nació pocos meses después del asesinato de su papá y está por cumplir también cincuenta años.
Los testigos dicen que alcanzó a reconocer a Ethel. Alguien le puso al moribundo un rosario en las manos. Robert Kennedy murió casi un día después, en las primeras horas del 6 de junio en el hospital Buen Samaritano de Los Ángeles.Tenía 42 años.
Si no buscaban su muerte, al menos la vieron con agrado, la industria armamentista de Estados Unidos, en alerta por la firme postura de Kennedy de poner fin a la guerra en Vietnam; la CIA, enemiga declarada de su hermano y de él mismo mientras fue procurador general durante la presidencia de JFK; el FBI en manos de J. Edgar Hoover, que odiaba a los Kennedy; la mafia americana, que había contribuido al triunfo de JFK y a quien Bobby persiguió durante su gestión como ministro de Justicia; los exiliados cubanos anticastristas para quienes el nombre Kennedy era símbolo de traición desde la fracasada invasión a Bahía de Cochinos, Cuba, en abril de 1961 y, en general, la extrema derecha de Estados Unidos para la que Bobby era casi un agente del comunismo internacional por su prédica a favor de las libertades individuales, de los derechos civiles de los negros, por su impulso a mejorar las condiciones de vida de los más humildes, como solía decir, de “los desheredados”, por su acercamiento a líderes campesinos como César Chávez, de California y, dice la leyenda, hasta por buscar un acercamiento a Ernesto Guevara antes de su asesinato en Bolivia en 1967
Bobby había nacido en el barrio de Brookline, en Boston, el 20 de noviembre de 1925. Era el tercero de los cuatro hijos varones de Joseph Kennedy y Rose Fitzgerald, que tuvieron nueve hijos. El asesinato de sus dos hermanos disuadió al cuarto varón, Edward, de dejar de lado cualquier intento de ser candidato a la presidencia de Estados Unidos.
Bobby tenía 35 años cuando su hermano presidente lo hizo procurador general, el equivalente a ministro de Justicia. Vivió unos años tumultuosos en los que sus ideas viraron casi al ritmo de aquellos tiempos.
Padeció el disparate de la invasión a Cuba en 1961 y jugó un rol decisivo en los trece días en los que el mundo estuvo al borde de la guerra atómica durante la crisis de los misiles cubanos, en octubre de 1962.
Halcón al principio de aquella crisis, la realidad lo convirtió en negociador. Mientras en el gabinete de crisis se discutía la posibilidad de “borrar a Cuba de la faz de la Tierra”, según consta en las grabaciones, Bobby garabateó un mensaje apurado destinado a su hermano: “Ahora sé cómo se sentía Tojo cuando planeaba Pearl Harbor”, en referencia al almirante japonés que decidió el ataque que llevó a Estados Unidos a la guerra en diciembre de 1941.
El escrito luce hoy en la Biblioteca Kennedy de Boston.
Tras el asesinato de su hermano, que lo dejó devastado, siguió como procurador durante nueve meses.
Su pésima relación con el sucesor de Kennedy en la Casa Blanca, Lyndon Baines Johnson, lo llevó a renunciar. Fue electo senador por Nueva York.
Visitó la Argentina en noviembre de 1965 y nunca dejó de lado una investigación personal y paralela del asesinato de su hermano.
En 1968, un año que cambió al mundo, Estados Unidos vivía casi en el colapso: Vietnam se perdía, los generales que habían jurado ver una luz al final del túnel habían enmudecido, el presidente Johnson no sabía cómo poner fin a aquel desastre y Kennedy vio su oportunidad para lanzarse a la presidencia. Lo hizo el 16 de marzo de ese año. Dos semanas más tarde, en un discurso que sacudió a la nación, Johnson avisó que no iba a presentarse para ser reelecto. Cuatro días después de ese anuncio, en Memphis, fue asesinado de un disparo en la cabeza el líder negro de los derechos civiles Martin Luther King, premio Nobel de la Paz.
Bobby Kennedy, que esa noche iba a hablar en Indiana en un acto de campaña, anunció el asesinato a sus seguidores, improvisó un discurso conmovedor en el que citó de memoria al dramaturgo griego Esquilo, a quien admiraba desde su adolescencia, y dijo: "Lo que necesitamos en los Estados Unidos no es división, lo que necesitamos en los Estados Unidos no es odio, lo que necesitamos en los Estados Unidos no es violencia o anarquía, sino amor, sabiduría y compasión hacia los demás, y un sentimiento de justicia para aquellos que aún sufren dentro de nuestro país, ya sean blancos o negros.”
Pero se supo de inmediato condenado a muerte.
La leyenda dice que la tarde del día en que fue asesinado, Kennedy dijo a los suyos: “Acabo de ver allí afuera a los tipos que me van a matar”. Se refería a tres miembros de la CIA, David Morales, Gordon Campbell y George Joannides, de la división Anti-Castro de Miami. Quién sabe si Bobby dijo lo que le atribuyen.
Lo cierto es que, días antes, el novelista francés Romain Gary le dijo a Pierre Salinger, ex jefe de prensa de John Kennedy, “A tu candidato lo van a matar”.
Y lo que quedó registrado para la historia es el diálogo en voz alta, y entre periodistas, que el día del crimen tuvo en el Ambassador Jimmy Breslin, del New York Daily News y John Lindsay, de Newsweek. Breslin preguntó si Kennedy tenía lo suficiente para llegar hasta el final.
La respuesta de Lindsay fue: “Por supuesto que tiene lo necesario para llegar hasta el final. Pero no va a llegar hasta el final: alguien lo va a matar. Yo lo sé, ustedes lo saben y es tan cierto como que estamos sentados aquí. Y él está allí afuera, esperando que lo maten”, como reveló el historiador Richard Mahoney en su libro “Sons and Brothers”.
Las teorías sobre el asesinato
Como no podía ser de otra manera tratándose de un Kennedy, abundan las teorías conspirativas sobre su asesinato. Todas con fundamento. En la cocina del Ambassador se registraron trece disparos.
El revólver de Sirhan tenía capacidad para ocho balas. ¿Hubo más de un tirador? Además del balazo en la cabeza, a Bobby Kennedy lo hirieron otros dos disparos: uno entró por la axila derecha y salió por el pecho; el otro se alojó en la parte trasera del cuello.
Quienes atraparon a Sirhan juran que, pese a que siguió disparando, nunca pudo hacer blanco después del segundo disparo, cuando le sujetaron la mano armada sobre una mesa de vapor. Paul Schrade, amigo de Bobby, que tiene hoy 93 años y fue herido en la cabeza en el tiroteo, jura que el primer disparo de Sirhan rebotó en una heladera y lo hirió a él y que de ninguna manera Sirhan pudo herir a Kennedy. Otros testigos dicen que Sirhan estaba delante de Bobby, y no detrás como para dispararle en la nuca.
Lo más impresionante es que el hijo de Bobby, Robert Francis Kennedy Jr, de 64 años, que tenía 14 cuando mataron a su papá, visitó en la cárcel de California a Sirhan, el asesino confeso que hoy tiene 74 años y que en 1969 dijo no recordar haber disparado contra Bobby.
Kennedy hijo dijo al Washington Post que no cree que Sirhan haya asesinado a su padre. “Estoy perturbado porque puede que esté en prisión la persona equivocada. Eso no le gustaría a mi padre”. Kennedy hijo no reveló detalles de la conversación con Sirhan.
El hotel Ambassador fue demolido a principios de los 90.
Ningún Kennedy se postuló a la presidencia de Estados Unidos hasta hoy.
La antorcha, que según JFK había pasado a una nueva generación, quedó en las viejas manos.
Juan Romero, el chico que socorrió a Bobby, vive hasta hoy convencido de que, si no le hubiese estrechado la mano al candidato, la historia pudo ser distinta.
La impronta de RFK, de los Kennedy en general, pervive hoy en muchas de las leyes de ese país, aunque pocos recuerden quiénes las impulsaron. Bobby Kennedy, tal como lo recordó el historiador John Schlesinger, fue un tipo al que la historia cambió y que pudo, de haber tenido vida, haber cambiado la historia.

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