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"Los políticos y los pañales hay que cambiarlos a menudo y es por la misma razón". George Bernard Shaw

Estamos de vuelta

Damas y caballeros colegas. Hoy presento la segunda parte y final sobre los planes que tuvo el dictador español Francisco Franco de mandar a fabricar una bomba atómica y como terminaron hasta después del retorno de España a la democracia. En la sección Esta Semana en la Historia explicamos el incidente de Palomares en su 52 aniversario y como se relaciona con el tema de la presunta bomba atómica española. Feliz fin de semana!
Atte.


El Editor

San Isidro de El General, 19 de Enero de 2018.


jueves, 18 de enero de 2018

Proyecto Islero, la bomba atómica que España pudo tener durante el franquismo.
Durante los años 60 y 70, España estuvo cerca de entrar en el club de los países con capacidad nuclear. Las presiones extranjeras terminaron por abortar el proyecto
"Al proyecto de la bomba de plutonio, el desarrollo de sus componentes y a una futura fabricación y prueba de las bombas le puse el nombre de Proyecto Islero, en recuerdo del miura que mató a Manolete y que presentía terminaría matándome a disgustos". En 1963, Guillermo Velarde, físico y militar del Ejército del Aire, ya era consciente de lo que se le venía encima: la titánica tarea de poner en marcha un proyecto científico de élite con el objetivo de meter a España de lleno en uno de los clubes más exclusivos del mundo, el de las potencias nucleares.



Dadas las implicaciones del proyecto, los científicos no serían los únicos desafíos a superar, ya que la política interna y externa de la dictadura primero y la democracia después tendrían mucho que decir al respecto y de hecho serían las responsables de que España finalmente no tuviese armas atómicas.

Velarde lo cuenta todo en 'Proyecto Islero. Cuando España pudo desarrollar armas nucleares', la "historia de una España que pudo ser y no ser", una detallada crónica de nuestra carrera nuclear que comienza con el accidente nuclear de Palomares en 1966, en el que Velarde recibió el encargo de examinar los restos de las dos bombas y de recoger muestras para ser analizadas en la Junta de Energía Nuclear (centro de investigación y órgano asesor del Gobierno en temas de seguridad y protección nuclear), y termina a principios de los años 80, cuando España renunciaba oficialmente a la fabricación de armas nucleares.

Átomos para la Paz y Marruecos

Años antes de esta historia, en 1955, España había firmado con Estados Unidos un acuerdo de cooperación nuclear dentro del programa Átomos para la paz que sirvió para que nuestro país no partiese de cero en el desarrollo nuclear: gracias a aquellas ayudas, en diciembre de 1958 Franco inauguró el Centro de Energía Nuclear Juan Vigón en la Ciudad Universitaria de Madrid.
Fueron las complicadas relaciones con Marruecos a partir de su independencia en 1956 las que hicieron surgir el interés por una bomba atómica española. Los altos mandos militares, con Franco y Carrero Blanco a la cabeza, comenzaron a ver la bomba como una necesidad para reforzar el papel de España en Europa y para disuadir a Marruecos de atacar sus territorios fuera de la Península. En caso de conflicto, Estados Unidos ya había avisado de que no iba venir en su ayuda.

Por eso en 1963 comenzó a fraguarse la idea de una bomba atómica española, con el encargo de un informe sobre las posibilidades reales que había de construirla sin alertar a la comunidad internacional. Unas posibilidades que no parecían muy prometedoras en un principio, hasta que el accidente de Palomares hizo caer en manos de los técnicos españoles restos de las bombas americanas. A partir de la investigación de esos restos se puso de nuevo en marcha el Proyecto Islero. 

Plutonio y un proyecto secreto

Desde el principio, el Proyecto Islero se mantuvo en secreto. Cuenta Velarde cómo los distintos equipos que trabajaron en él no sabían a qué se dedicaban los demás ni cuál era el fin último de sus investigaciones. El trabajo se dividió en dos fases: "la primer correspondía al proyecto de la bomba atómica en sí, y la segunda a la construcción de un reactor nuclear, de la fábrica de los elementos combustibles del reactor y de la planta de extracción del plutonio de los elementos combustibles sacados de este reactor".
Velarde apostó en todo momento por una bomba de plutonio, y no de uranio. El uranio 325, del que se necesita un 80% para construir una bomba atómica, había que obtenerlo en plantas de difusión gaseosa, que por coste, consumo eléctrico y dificultades técnicas estaban fuera del alcance de España. El plutonio 239, que forma al menos el 94% de una bomba atómica de esta base, se podía conseguir en un reactor nuclear pequeño y una potencia térmica cien veces inferior a los utilizados para producir electricidad.
La pega era que, con este segundo elemento, el proceso posterior de fabricación de la bomba era mucho más complejo, "pero debido a la gran capacidad científica y técnica de la mayoría de los investigadores de la JEN", asegura Velarde en su libro, "estaba totalmente convencido de que podía desarrollarse y construirse".




  

Pospuesto indefinidamente por orden de Franco

Pero Franco no veía nada clara esta opción. En una reunión que mantuvo con él en 1966, Velarde recibió la orden de posponer indefinidamente el desarrollo del proyecto. El dictador estaba convencido de que antes o después sería imposible mantenerlo en secreto, y España no estaba en condiciones de soportar otras sanciones económicas. A cambio, permitió que las investigaciones siguiesen adelante, siempre desligadas de las Fuerzas Armadas, y se comprometió a no firmar un acuerdo internacional que se estaba negociando en ese momento para prohibir la fabricación de armas nucleares. Pero eso era todo por el momento. 
Así que cuando el 1 de julio de 1968 casi 50 países firmaron el Tratado de No Proliferación Nuclear, España no estaba entre ellos. Poco tiempo después se instalaba en la sede de la Junta de Energía Nuclear (JEN, hoy Centro de Investigaciones Energéticas Medioambientales y Tecnológicas) el primer reactor español con capacidad para producir plutonio para las bombas, y los primeros gramos de este material se obtuvieron el año siguiente.
En 1971, a instancia de Manuel Díez Alegría, jefe del Alto Estado Mayor, Velarde retoma el proyecto Islero. Díez Alegría opinaba que "la defensa de España no debía dejarse en manos de Estados Unidos ni de la OTAN, aunque en un futuro pudiésemos entrar en esta organización. España necesitaba su propia fuerza de disuasión nuclear". Un informe elaborado por Velarde y otros militares ese mismo año concluía que España podía poner en marcha con éxito "la opción nuclear". Las miras estaban puestas en la central de Vandellós, donde se podría obtener el plutonio de forma discreta (de tecnología francesa, el general Charles De Gaulle apoyaba la idea de una España atómica), y se barajaba el desierto del Sáhara como lugar para realizar las pruebas. 



Carrero Blanco y Henry Kissinger

Dos años después, Carrero Blanco se convertía en presidente del Gobierno. Sin muchas simpatías con EEUU ni Israel, quería una relación entre iguales con los estadounidenses: si querían seguir utilizando las bases en territorio español, tendrían que compartir sofisticada tecnología militar y comprometerse a defender al país en caso de ataque. 
La víspera del atentado en el que murió, el 19 de diciembre de 1973, Carrero Blanco se reunió con Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano, con la idea de presionarle para que firmase un nuevo tratado de colaboración que incluyese sus peticiones. Bajo el brazo llevaba dos folios que resumían el Proyecto Islero: España podía fabricar bombas atómicas, y lo haría si no se llegaba a un acuerdo por el que EEUU garantizase su seguridad. Horas después de esa reunión, en la que no logró arrancar a Kissinger un acuerdo concreto, Carrero Blanco moría al explotar una bomba bajo su coche. 




La bomba durante la Transición

Ni su muerte, ni la de Franco dos años después, supusieron el fin del Proyecto Islero. Según relata Velarde, a los pocos días del atentado, con Carlos Arias Navarro como nuevo presidente del Gobierno, recibió la noticia de que se iba a avanzar con el objetivo de disponer de un pequeño arsenar de bombas atómicas para el final de la década.
Pero la fuerza del proyecto se fue desgastando, primero porque desaparecieron de la escena todos los que lo habían impulsado desde las instancias políticas y militares, y segundo porque cuando en 1977 Jimmy Carter llegó a la presidencia, EEUU siguió presionando para que España firmase el Tratado de No Proliferación. Sin embargo, el Islero no desapareció sin más: en 1976 el ministro de Exteriores del primer gobierno de la Transición seguía insistiendo en la intención de "no ser los últimos de la lista" en tener la bomba. En 1977 se conocía el alcance proyectado para el Centro de Investigación Nuclear de Soria: 140 kilos de plutonio al año, suficiente para fabricar 23 bombas anuales. 
Los años siguientes fueron duros para la joven democracia española. A una campaña de atentados de ETA y las reivindicaciones nacionalistas en País Vasco y Cataluña había que añadir la inestabilidad política. Mientras, el presidente estadounidense Carter seguía presionando para conseguir un compromiso antiatómico de España, con amenazas de boicot económico incluido.
En una entrevista de Velarde con Adolfo Suárez, éste mostraba su interés con seguir adelante hacia la bomba atómica, así que España se resistía a firmar un acuerdo de no proliferación, pero hacía pequeños gestos para librarse de las presiones sin comprometer sus posturas futuras, pero la situación se complicaba. Siguiendo indicaciones americanas, el Organismo Internacional para la Energía Atómica estableció que todas las instalaciones nucleares españolas, y en especial el reactor Vandellós 1, tendrían que someterse al control de sus inspectores. "En caso contrario, EEUU impediría la importación de algunos componentes para las centrales nucleares productoras de energías eléctrica que se estaban contruyendo en España". 

El intento de golpe de Estado de 1981 supuso el epílogo de una época convulsa. En abril de 1981, algo más de un mes después del golpe de Tejero y ya con el nuevo gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, España aceptaba las condiciones de Estados Unidos y sometía sus instalaciones al control de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. "Esto clausuraba de forma oficial el Proyecto Islero", lamenta Velarde. Años después, en 1987, el PSOE firmaba el Tratado de No Proliferación como parte del acuerdo para la integración en la Comunidad Económica Europea. 




viernes, 12 de enero de 2018

La bomba atómica de Francisco Franco ( Parte 1 )


El asesinato de Carrero Blanco 24 horas después de discutir con Kissinger frenó los planes armamentísticos.

Francisco Franco contó con la ayuda de varios científicos nazis para crear una bomba atómica. Así lo relata el historiador Lino Camprubí que ha revelado los motivos que llevaron al régimen a desarrollar la bomba atómica.
Al parecer, todo comenzó tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki, cuando todas las naciones vieron el potencial de las armas nucleares y quisieron conseguir una para defenderse en una hipotética guerra nuclear.
España, junto con los países perdedores de la II Guerra Mundial (Alemania e Italia, que tenían completamente prohibido investigar en esta materia), decidió crear una junta secreta para desarrollar un arma que compartir entre las tres naciones. España quería guardar todo el proyecto en secreto porque la continuidad del régimen estaba en entredicho y necesitaba ahora seducir a Estados Unidos para no caer en el completo ostracismo.
Así, el Gobierno de Franco entró en contacto con varios asesores científicos nazis, como Heisenberg (considerado el padre de la bomba atómica nazi, que jamás llegó a desarrollarse) con el fin de recibir asesoramiento en la materia. La obsesión de Hitler durante sus últimos años había sido conseguir una bomba atómica, y sus científicos contaban con muy buena formación en esta materia (además de contar con ciertas simpatías hacia el régimen de Franco, que había colaborado a través de la División Azul en el Frente Ruso, a pesar de haberse mostrado oficialmente neutral).
Durante los años 47 y 48, cuando aún España sufría el aislacionismo internacional, contar con científicos de la talla de Heisenberg (que estuvo en nuestro país seis meses) u Otto Fritz, fue todo un orgullo para un país con el que nadie quería tener relaciones.
Con Italia, por otro lado, el intercambio incluyó el envío gratuito de uranio extaído de las minas nacionales a cambio de que los expertos del país transalpino acudiesen a nuestro país para formar a los físicos españoles.


Unos acuerdos que rápidamente se truncaron.

Carrero Blanco estaba completamente obsesionado con la bomba nuclear
El problema de todo ello es que Alemania, al poco tiempo, tuvo la capacidad de desarrollar sus propias investigaciones sin que se lo prohibiese nadie, mientras que Italia dejó de interesarse por España cuando descubrió que las reservas de uranio que poseía el país ibérico no eran tan amplias como se pensaba.
Por otro lado, Estados Unidos interfirió para que Italia abandonase su programa de independencia nuclear y pasara a depender de la administración norteamericana. Por todo ello, finalmente, las relaciones fueron enfriándose.
Según relata el historiador José Lesta "la persona que se obsesionó con el asunto fue Carrero Blanco" que, junto a Franco, tenía la intención de "entrar en el selecto club nuclear, lo que hubiera concedido a España tener derecho de veto en la ONU".
Por otro lado, "esta tecnología permitiría dar un espaldarazo muy importante a la situación geoestratégica de la dictadura franquista en Europa, ya que sería el único país con armas nucleares -tras Francia- en el continente", afirma el historiador.
Y junto a todo ello, apunta a un último motivo: "Para Franco sería importante disponer de una bomba atómica de cara a ejercer una gran presión real sobre su eterno enemigo: Marruecos -y por extensión, sobre todo el Magreb-, teniendo muy en cuenta al Sáhara que, no por casualidad, era donde debía probarse la primera detonación experimental".
La Junta de Energía Nuclear
Por todos los motivos, finalmente se crea en 1951 la Junta de Energía Nuclear, con el fin de conseguir una bomba atómica para España. Franco encargó el proyecto al General Vigón, aunque quien realmente pilotaría todo (oficialmente, tras la muerte de Vigón en 1955), sería el almirante Carrero Blanco, que continuó obsesionado con el asunto hasta el final de sus días.
Para contar con el dinero suficiente, Franco se encargó de recibir una subvención de Estados Unidos que, supuestamente, iba destinada para el desarrollo de la energía nuclear para uso civil. No se cumplió y todo fue destinado a la bomba atómica. Con la financiación, el país poseía todo lo necesario para fabricar la bomba, tan solo precisaba del combustible, aunque podía adquirirlo en diversos mercados.
Fue en ese momento cuando surgió Francia, que ya se había situado a la cabeza de Europa en materia nuclear. Se ofreció a vender plutonio al país ibérico y España lo aceptó gustosamente. Mientras tanto, Estados Unidos y la U.R.S.S. no conocían nada, ya que no querían que ningún vecino rompiera su hegemonía nuclear. De hecho, los americanos ofrecieron a España y Francia firmar un Tratado de No Proliferación Nuclear aunque ambas naciones finalmente se negaron.
El accidente de Palomares y un asesinato que cambió todo
© Proporcionado por Los Replicantes El incidente de Palomares estuvo relacionado con la investigación de una bomba nuclear
Así, a finales de 1960, España contaba con todo lo necesario para fabricar la bomba. Tan solo le faltaba un elemento indispensable, que era del detonador de la carga. Sin embargo, en unas pruebas en Palomares, parece ser que algo no funcionó "como debía" y el agua se contaminó más de la cuenta.
Todo ello ya estaba poniendo en alerta al resto de las potencias europeas, que no veían con buenos ojos que una dictadura contase con armas nucleares tan cerca de su territorio. A pesar del secretismo que rodeaba al proyecto, los progresos que España estaba realizando en instalaciones y tecnología nuclear de doble uso, civil y militar, no pasaron desapercibidos para los Estados Unidos.
Por todo ello, Henry Kissinger acudió en nombre del país norteamericano para entrevistarse con Franco y sobre todo con Carrero Blanco, con quien permaneció la mayor parte del tiempo.
Llama la atención que Carrero había afirmado haberse sentido amenazado cuando salió del encuentro con Kissinger, con quien llegó a mantener más de una palabra subida de tono. De hecho, Kissinger le instó a firmar el tratado de no proliferación nuclear y abandonar todos los planes, pero no consiguió sus pretensiones.
24 horas después de discutir con Kissinger, el coche del mayor impulsor de los planes atómicos de España saltaba por los aires y con él perdía su vida uno de los mayores estandartes del inmovilismo franquista.
Poco después de morir Carrero, alguien que no se ha identificado produjo un sabotaje en las instalaciones donde se estaban realizando las pruebas, un movimiento que terminó con los planes nucleares de España. 
Tras la muerte de Carrero también desaparecieron de la base aérea de Torrejón varias minas antitanque de alta tecnología que se controlaban inalámbricamente y con sensores acústicos. Todas las armas habían llegado desde la base de Fort Bliss (Texas) y estaban controladas por las fuerzas norteamericanas.