La frase de la semana

Pensamiento del día:


"Los políticos y los pañales hay que cambiarlos a menudo y es por la misma razón". George Bernard Shaw

Estamos de vuelta

Damas y caballeros colegas.

Deseo recordar a los generaleños y a la comunidad nacional el martirio que vivió la ciudad de San Isidro y la población civil generaleña hoy hace exactamente 70 años y cuya única mención se hace en una placa del parque que rebaja la carnicería que se dio con el término de "jornada cívica". En esta crónica, haremos referencia a lo que en realidad sucedió. En la sección Esta Semana en la Historia se consigna un dato paradójico sobre el Centenario de Don Rogelio Fernández Guell. Feliz inicio de semana!
Atte.


El Editor

San Isidro de El General, 19 de marzo de 2018.


lunes, 10 de diciembre de 2012


LAS HIENAS DESTROZARON UNA LIMPIA TOGA, PERO JAMÁS PODRÁN DESPEDAZAR A UN GRAN JUEZ


Juan Diego Castro
¿Quién fue la pervertida Salomé que llevó la bandeja con la cabeza de Fernando Cruz a sus amos? ¿Quién dio la orden de ejecutar el degüello moral? ¿Sería una oscura reina de corazones que gritó “Córtenle la cabeza”? ¿Cuáles fueron los reales motivos de ese vil ajusticiamiento politiquero?
Cuesta de Moras se llenó del hedor de la ruindad. Los aplausos de la turba embriagada de venganza ante la estocada moral de un hombre probo, retumbarán por mucho tiempo en la conciencia del pueblo decente de Costa Rica. El tufo de la vileza se deslizó por el “bulevar de la justicia” e inundó de pestilencia todas las oficinas magistrales… y los enmudeció. ¿Alguno habrá aplaudido en solitario?
Sobre el piso del plenario quedaron los retazos de una inmaculada toga que por cuatro decenios vistió el juez que nunca se postró ante nada, ni ante nadie. Los verdugos babearon como hienas satisfechas después de creer que habían devorado el honor de un caballero. Amodorrados de lujuria gozaron de esa infamia y cumplieron con el mandato asumido.
A Fernando Cruz lo conocí hace más treinta años. Tuve la suerte de compartir con su padre, el férreo juez Claudio Cruz Zaniboni. De tal palo tal astilla. Hombres de una sola pieza y de una madera escasa en esta Patria mancillada por los políticos desde hace muchos años.
Como abogado investigador de la Comisión de Narcotráfico, analicé bajo su dirección un expediente, donde folio a folio aparecía la sombra de un magistrado de aquella época, que había batido sus influencias para enturbiar el asesinato de un miserable en el barrio Esquivel Bonilla, cuando intentaba robar un espejo de su carro. Una joya de indudable corrupción judicial.
Decenas de horas discutimos en los años noventa sobre las reformas al proceso penal y soñamos con una nueva ley que desarrollara la justica costarricense, pero su proyecto fue convertido en una ley inservible.
El doctor Cruz ha sido mi amigo certificado durante muchos años, asunto en el que yo figuraba, él se inhibía de inmediato por la amistad que nos ha unido. Preservé así un franco amigo y perdí muchas veces a un gran juez.
El castigo decretado ¿en Zapote o en el barrio González Lahmman? contra la Sala Cuarta, cayó como un latigazo alevoso sobre la espalda de Fernando Cruz. No le dejó seña alguna. Treinta y ocho curules quemadas con el fierro candente de la brutalidad politiquera, al estilo de los tiranuelos tercermundistas del siglo pasado.
La República fue mancillada. El templo de Temis fue profanado por setenta y siete zapatos. Los magistrados callaron inexplicablemente. El presidente de la Corte se zambulló en su colección de tortuguitas de porcelana, contando los tres días hasta que pase el escándalo.
En la hora de la dignidad, Luis Paulino Mora debe renunciar ya y pedirle a todos los magistrados que hagan lo mismo. Si los integrantes de la Corte Suprema de Justicia no dejan sus cargos, la democracia habrá muerto. Si no se van, la Corte se habrá postrado ante la politiquería.